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Carlos Broschi

—¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte deCarlos X,
y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte...Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas
a poner mala por un hombre a quien ves todoslos días?
Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa deinclinarse hacia
ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo deldorado palco en que se
encontraba. Al terminar el baile, cuando sedisponía a subir a su cuarto, tropezó entre
bastidores con Arturo, elcual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las
funcionesde la Opera, le dijo:
—¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?
—Será un honor para mí—balbuceó la joven temblando, sin notar que surespuesta
excitaba la hilaridad de sus compañeras.
—En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.
Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en laprecipitación
rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y laseñora Bonnivet, que, como
todas las madres y tías de teatro, servíalade doncella, apenas si pudo seguirla por la
escalera, llevando el abrigoque su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el
escenario,hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en
aquelinstante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él asu
encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escaleraparticular de los artistas.
Un elegante carruaje los esperaba a lapuerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes
la turbación y elarrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en
aquelreducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El,temiendo
que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomóel chal de cachemir que
ella tenía en la mano, y se lo echó sobre loshombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit,
qué seductora, embellecida porla felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración.
¡Hay tan pocadistancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza,
yademás aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... Elcarruaje se
detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a sucompañera, subió con ella
hasta el primer piso, llamó a la puerta de suhabitación, la saludó respetuosamente y
desapareció en seguida.
Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extrañala conducta
del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado,sentarse y hacerle una visita.
Verdad que ella no estaba muy alcorriente de las conveniencias sociales; pero se
imaginaba que estohubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.
Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y aldespuntar el
día, deseando refrescarse durante un momento con el aire dela mañana, abrió el
balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a lapuerta el carruaje del Conde, que, por lo
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