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Carlos Broschi

En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven,antes de
retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose uninstante contra el palco
inmediato, pareció buscar a alguien con lavista; luego, cayendo, súbitamente, en una
profunda meditación, ya nopensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le
privaría delespectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír
nada,parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.
Entonces me puse a examinarle atentamente.
Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de másdistinción.
Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y ensus más insignificantes
gestos era noble, de buen gusto y comme ilfaut. Aparentaba de veinticinco a
veintiocho años; sus grandes ojos,negros, estaban constantemente fijos en un palco
segundo, situado frentea él, al que miraba con una expresión de tristeza y
desesperaciónindefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vique
aquel palco estaba vacío.
—Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una ella queha faltado a su
palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso haimpedido venir... Y él la
ama... y la espera... ¡Pobre joven!
Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por verabrirse la
puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.
El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las queya no bailaban
las primeras partes y durante las cuales el públicoconversaba casi en voz alta, hablose
de la ópera Roberto el Diablo,que se estaba ensayando entonces y que debía
representarse a los pocosdías. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la
música y losbailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es
unacosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de laOpera! Les
prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque eltelón acababa de caer. Al
pasar junto a mi desconocido, que continuabainmóvil en el mismo lugar, le manifesté
mi sentimiento por haberaceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su
atención.
—Nada más fácil—me dijo;—acabo de saber que es usted Meyerbeer.
—No tengo ese honor.
—O que es usted uno de los autores del Roberto el Diablo.
—Del libreto nada más.
—Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana.
—Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a misamigos.
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