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Carlos Broschi

I
Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París.
Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, ala gracia aérea
de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, nial poderoso talento de Nourrit,
Talma de la tragedia lírica; no hablo delos magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo
de Alemania, ni de losingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de
nuestroscompositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota.Tampoco
me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes ylos bailes; no se trata del
teatro, sino de la sala. En ella tiene lugarun espectáculo muy curioso en otro sentido,
pero tan seductor ybrillante como el de la escena.
Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempode observar,
si se encuentran de buen humor, si no han perdido eldinero en la Bolsa o escuchado
un mal discurso en la Cámara, si suamante no les ha hecho traición o su esposa no les
ha armado querella,si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que
es aúnmejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera;dirijan
sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, alanfiteatro y sobre todo a
los palcos principales. ¡Qué cuadros tanvariados, cuántas escenas de comedia y, con
frecuencia, hasta de drama!Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del
observatorio en queacabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su
silla deorquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el foyer dela
Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición ocon un ridículo,
sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estadodel momento, un ministro de
ayer, una reputación de la semana, unorgullo de todos los días. Allí, en torno de
aquella gran chimenea, hayun caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras
de la mañanay sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relataen
la conversación su folletín del día siguiente; un dandy que vive aexpensas de una
actriz y la paga con elogios; otro que se arruina porella y se ve obligado a enumerar
sus perfecciones como para justificarante sus amigos el empleo de su dinero; todo
esto, formando una extrañaconfusión, una amalgama de amor propio y pretensiones,
suministraríamaterial suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósitoes
referir una historieta.
Una noche—era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,—bailaba laseñorita
Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido areunirme a unos amigos
que me habían citado, pero que, encontrándose yademasiado estrechos, no podían
proporcionarme asiento. No obstante,levantose un joven y me ofreció el suyo. Como
ustedes supondrán, lorehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar
cómodamente elespectáculo.
—No me priva usted de nada—dijo,—pues voy a salir.
 
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