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Carlos Broschi

—No, por fortuna—replicó el Duque;—pero en su juventud, ciertas ideasde gloria y
ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad queha sufrido últimamente,
de la que llegamos a creer todos que moriría, hadejado en su cerebro una especie de
delirio por el cual se figuracontinuamente que sólo le queda un día de vida. En esto
consiste sulocura.
Entonces, todo se aclaró para mí.
—Pero hablemos de usted—continuó el Duque.—Veamos qué puedo hacer ensu
favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré enla corte, y...
—Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo,señor
Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.
—Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en lacorte?
—Sí, señor.
—Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera ypodrá
llegar en menos de diez años...
—¡Diez años!—exclamé con una especie de terror.
—¡Cómo!—repuso el Duque asombrado.—¿Considera usted que es
pagardemasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y prontoiremos
a Versalles.
—No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le supliconuevamente que
acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mifamilia.
—¡Eso es una locura!—murmuró el Duque.
Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salídiciendo para mí:
—Esto es ser razonable.
Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuántaalegría
contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los secularesárboles de mi
parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban misvasallos, mis hermanas,
mi madre... y la felicidad, porque ocho díasdespués celebrábase mi matrimonio con
mi prima Enriqueta.
JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA
JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA
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