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Carlos Broschi

—¿Y qué tendremos con eso?
—Que seré aquí respetado y considerado.
—¿Nada más?
—Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar pormi lado.
—¿Y luego?
—Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonioventajoso
para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felicesen mis tierras de
Bretaña.
—¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre lamayor
fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominiomás rico ni más
hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eresconsiderado y querido de
nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte,quitándose el sombrero, como dices,
cuando atraviesas el pueblo? No tesepares de nosotros, hijo mío; quédate al lado de
tus amigos, de tushermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a
turegreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviarcon
sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia quecon tanta rapidez
se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y elsol de Bretaña es muy hermoso.
Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosasalamedas de
nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas ylas madreselvas cuyo aroma
embalsamaba el ambiente.
En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes ysilenciosos, y
mirándome como si quisieran decirme:
—No se marche usted, señorito; no nos abandone.
Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.
Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la
salaentretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose amí con el
libro en la mano.
—Lee, hermano mío, lee—me dijo, con lágrimas en los ojos.
Era la fábula de Las dos palomas.
Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:
—Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores.Déjenme,
pues, que parta.
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