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Carlos Broschi

constantemente, en aquella fingidafrialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades,
fiel regulador detodos sus pensamientos!
Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Mequedé
algo atrás con la Vizcondesa y le dije:
—Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenosprincipios
no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?
—Calle usted—replicó,—que se acerca el general.
Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:
—¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?
—Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como unaguindilla.
—¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?—me preguntó.
—No, general: para una novela—repuse.
EL PRECIO DE LA VIDA
EL PRECIO DE LA VIDA
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Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose paraanunciarnos que
estaba dispuesta la silla de posta.
Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.
—Todavía tienes tiempo para arrepentirte—dijéronme,—renuncia a tuviaje...
quédate con nosotras.
—Madre mía—repuse,—soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hablede mí y
hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.
—Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?
—Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.
—¿Y si mueres en alguna batalla?
—No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejantecosa?
Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar enla gloria. Ya me
verá usted, madre mía, volver a su lado dentro dealgunos años, hecho todo un coronel,
mariscal de campo o con unbrillante empleo en Versalles.
 
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