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Carlos Broschi

—¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde hallegado?... No
hemos oído entrar el carruaje en el patio.
—Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedesestaban
entregados al sueño.
—¿De veras?
—No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujerque, por
cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.
—¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...
—Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban delcastillo.
¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Yqué tal va su salud, y la de
usted?
—Envidiables.
—¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho
aquí,entretanto?
—Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.
—¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hechousted
jugadora a su hija.
—¡Yo!
—Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa enotra cosa
ni de día ni de noche. He aquí una prueba—continuó riendo acarcajadas:—aquí tiene
usted un naipe, un rey de oros, que heencontrado enrollado debajo de su almohada.
Esto es una picardía,¿verdad?
Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de laVizcondesa, que
parecía herida por un rayo.
—Mire usted, mire usted—prosiguió el general dando nuevamente libreacceso a su
risa.—La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y esque se reconoce culpable.
—¡Oh! muy culpable—murmuré interiormente.
En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.
En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.
Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados eindiferentes; pero,
mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí enaquellos ojos que se evitaban
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