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Candido, o El Optimismo

Cunegunda, el tercero verla cada dia, y elquarto oir al maestro Panglós, el filósofo mas aventajado de
laprovincia, y por consiguiente del orbe entero.
Paseándose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por untallar que llamaban coto, por entre unas
matas vio al doctor Panglósque estaba dando lecciones de física experimental á la doncella delabor de su
madre, morenita muy graciosa, y no ménos dócil. La niñaCunegunda tenia mucha disposicion para
aprender ciencias; observó puessin pestañear, ni hacer el mas mínimo ruido, las repetidasexperiencias que
ámbos hacian; vió clara y distintamente la razonsuficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvió
desasosegaday pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurándoseque podía muy bien ser
ella la razón suficiente de Candido, y ser estela suya.
De vuelta á la quinta encontró á Candido, y se abochornó, y Candido sepuso también colorado. Saludóle
Cunegunda con voz trémula, ycorrespondió Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,despues de
comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras deun biombo Candido y Cunegunda; esta dexó caer
el pañuelo, y Candido lealzó del suelo; ella le cogió la mano sin malicia, y sin maliciaCandido estampó un
beso en la de la niña, pero con tal gracia, tantaviveza, y tan tierno cariño, qual no es ponderable; topáronse
susbocas, se inflamáron sus ojos, les tembláron las rodillas, y se lesdescarriáron las manos…. En esto
estaban quando acertó á pasar porjunto al biombo el señor barón de Tunder-ten-tronck, y reparando ental
causa y tal efecto, sacó á Candido fuera de la quinta á patadas enel trasero. Desmayóse Cunegunda; y
quando volvió en sí, le dió laseñora baronesa una mano de azotes; y reynó la mayor consternación enla mas
hermosa y deleytosa quinta de quantas exîstir pueden.
CAPITULO II.
De lo que sucedió á Candido con los Búlgaros.
Arrojado Candido del paraiso terrenal fué andando mucho tiempo sinsaber adonde se encaminaba, lloroso,
alzando los ojos al cielo, yvolviéndolos una y mil veces á la quinta que la mas linda de lasbaronesitas
encerraba; al fin se acostó sin cenar, en mitad del campoentre dos surcos. Caía la nieve á chaparrones, y al
otro dia Candidoarrecido llegó arrastrando como pudo al pueblo inmediato llamadoValdberghof-trabenk-
dik-dorf, sin un ochavo en la faltriquera, ymuerto de hambre y fatiga. Paróse lleno de pesar á la puerta de
unataberna, y repararon en el dos hombres con vestidos azules. Cantarada,dixo uno, aquí tenemos un
gallardo mozo, que tiene la estatura quepiden las ordenanzas. Acercáronse al punto á Candido, y le
convidároná comer con mucha cortesía. Caballeros, les dixo Candido con la massincera modestia, mucho
favor me hacen vms., pero no tengo para pagarmi parte. Caballero, le dixo uno de los azules, los sugetos de
sufacha y su mérito nunca pagan. ¿No tiene vm. dos varas y seis dedos?Sí, señores, esa es mi estatura, dixo
haciéndoles una cortesía. Vamos,caballero, siéntese vm. á la mesa, que no solo pagarémos, sino que
noconsentirémos que un hombre como vm. ande sin dinero; que entre gentehonrada nos hemos de socorrer
unos á otros. Razón tienen vms., dixoCandido; así me lo ha dicho mil veces el señor Panglós, y ya veo
quetodo está perfectísimo. Le ruegan que admita unos escudos; los toma, yquiere dar un vale; pero no se le
quieren, y se sientan á la mesa.—Noquiere vm. tiernamente?… Sí, Seores, respondi Candido, con
lamayor ternura quiero á la baronesita Cunegunda. No preguntamos eso, ledixo uno de aquellos dos
señores, sino si quiere vm. tiernamente alrey de los Bulgaros. No por cierto, dixo, porque no le he visto en
miida.—Vaya, pues es el mas amable de los reyes, ¿Quiere vm. quebrindemos á su salud?—Con mucho
gusto, señores; y brinda. Basta coneso, le dixéron, ya es vm. el apoyo, el defensor, el adalid y el héroede los
Bulgaros; tiene segura su fortuna, y afianzada su gloria.Echáronle al punto un grillete al pié, y se le lleváron
al regimiento,donde le hiciéron volverse á derecha y á izquierda, meter la baqueta,sacar la baqueta, apuntar,
hacer fuego, acelerar el paso, y le diérontreinta palos: al otro dia hizo el exercicio algo ménos jual, y no
lediéron mas de veinte; al tercero, llevó solamente diez, y le tuviéronsus camaradas por un portento.
Atónito Candido aun no podia entender bien de qué modo era un héroe.Púsosele en la cabeza un dia de
primavera irse á paseo, y siguió sucamino derecho, presumiendo que era prerogativa de la especie
humana,lo mismo que de la especie animal, el servirse de sus piernas á suantojo. Mas apénas había andado
dos leguas, quando héteme otros quatrohéroes de dos varas y tercia, que me lo agarran, me le atan, y me
lellevan á un calabozo, Preguntáronle luego jurídicamente si queria maspasar treinta y seis veces por
baquetas de todo el regimiento, órecibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inútilmente alegó quelas
voluntades eran libres, y que no queria ni una cosa ni otra, fuéforzoso que escogiese; y en virtud de la
dádiva de Dios que llamanlibertad, se resolvió á pasar treinta y seis veces baquetas, y sufriódos tandas.
Componíase el regimiento de dos mil hombres, lo qual hizojustamente quatro mil baquetazos que de la
nuca al trasero ledescubriéron músculos y nervios. Iban á proceder á la tercera tanda,quando Candido no
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