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Cádiz

cuánto había ganado en encantos y atractivosaquella criatura,
añadiendo a sus bellezas naturales, a su discreción eingénito
saber, la dulce cortesanía y las gracias que infunde el
tratofrecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara
advertí elextraño realce que da la conciencia del propio mérito,
lo cual no es lomismo que vanidad.
No parecía haber perdido la hermosa modestia que la hacía tan
simpática;pero sí aquella especie de encogimiento, aquel
desmedido amor a laoscuridad, que emanaban del malestar
hallado en su repentino cambio defortuna. Había adquirido lo
que le faltaba cuando la vi en Córdoba y enel Pardo, el perfecto
conocimiento de su posición y las mil menudenciaspersonales,
accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de lamirada
con que el individuo da a entender claramente que se halla
dondedebe hallarse. Estaba más alta, un poco más gruesa, con el
color menospálido, la boca más risueña, los ojos no menos
seductores yarrebatadores que los de su madre, célebres en toda
la redondez deEspaña, la voz más segura, sonora y grave, y el
conjunto de su personarespirando firmeza, vida, soltura y
nobleza. ¡Oh imagen tan perfectavista como soñada! ¿Fue suerte
o desgracia haberte conocido?
Inés, no indiferente a mi presencia, según comprendí, pero
tampocosorprendida, debía saber que yo estaba allí.
—¡Ah!—exclamé con despecho para mis adentros—. La muy
pícara aunquela llamaron, no bajó hasta que vino el maldito
inglés.
 
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