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Cádiz

extrañará alguno de los que me oyen ome leen, que con tan
buena amistad fuera recibido un extranjeroprotestante en casa
donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio;pero a esto
les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objetode
cariñosas atenciones, a causa del auxilio que la nación británica
nosdaba en la guerra; y como era opinión o si no opinión, deseo
de muchos,que los ingleses, y mayormente los hermanos
Wellesley, no veían conbuenos ojos la novedad de la proyectada
Constitución, de aquí que lospartidarios del régimen absoluto
trajeran y llevaran con palio anuestros aliados. Lord Gray
además con su ingeniosísima labia, susimpático carácter, y
también poniendo en práctica estudiadas artimañasy
mojigaterías, como yo, había conseguido hacerse respetar y
querervivamente de doña María. Además solía ridiculizar con
gran desenfado lasceremonias protestantes.
Mientras lord Gray respondía a ciertas enfadosas preguntas
que le hizoOstolaza, doña María llamó a sus hijas y dijo a
Asunción, no tan por lobajo que yo dejase de oírlo:
—Mira, Asunción, habla con lord Gray un ratito; coge con
disimulo eltema de la religión y sondéale, a ver si es cierto que
está dispuesto aabjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa
doctrina.
En aquel instante sentí ruido de pasos y entró Inés. ¡Dios mío,
quéguapa estaba, pero qué guapa! No recuerdo si en el libro
anterior habléa ustedes de la soltura, de la elegancia, de la
armoniosaproporcionalidad que el completo desarrollo había
dado a su bellafigura. Además de esto, encontrábale mayor
animación en el rostro, y unagrata expresión de conformidad y
satisfacción, no menos simpática que suantigua tristeza, resto de
la miserable y ruin vida de la infancia.Observándola, consideré
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