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Cádiz

continente humilde y simpático. Si al principiolos murmullos de
arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, pocoa poco
fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne
eldiscurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio
religioso,fijándose de tal modo en la mente que parecían
esculpirse. La atenciónera profunda, y jamás voz alguna fue
oída con más respeto.
—¿Sabe usted, amiga mía—dijo en un momento de descanso
doña Flora—queeste cleriguito no lo hace mal?
—Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no
me heenterado bien de lo que propone.
—Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en
razón. Yasigue. Atendamos.
El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y
erudito. Enun cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la
faz de la nación elprograma del nuevo gobierno, y la esencia de
las nuevas ideas. Cuando laúltima palabra expiró en sus labios, y
se sentó recibiendo lasfelicitaciones y los aplausos de las
tribunas, el siglo décimo octavohabía concluido.
El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos
oída, suúltima hora, y realizose en España uno de los principales
dobleces deltiempo.
—Atención, que van a leer el papelito.
D. Manuel Luxán leyó.
 
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