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Cádiz

—¿Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron
suspajes?... Ya sabrás que de esta me caso.
—La condesa me lo ha dicho.
—La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y
los demásde la familia... ¡oh!, ahora me acuerdo de cuando te
encontramos en elPardo... Cuando le preguntaron a Amaranta
que qué hacías allí, no supocontestar. Lo que hacías, tú lo podrás
decir... ¿Juegas, o no?
—Jugaremos.
—Aquí al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las
tertulias de micasa, que más que tertulias son un cónclave de
clérigos, frailucos yenemigos de la libertad. Allí no se va más
que a hablar mal de losperiodistas y de los que quieren
Constitución. No se juega, Gabriel, nise baila, ni se refresca, ni
se hablan más que sosadas y boberías... Detodos modos, es
preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dichoque
quieren conocerte; sí, me lo han dicho. Las pobres están
muyaburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a
las tresmuchachas... Vendrás a casa. Pero cuidado con echártela
de liberal y dejacobino. No abras la boca sino para decir mil
pestes de las futurasCortes, de la libertad de la imprenta, de la
revolución francesa, y tencuidado de hacer una reverencia
cuando se nombre al rey, y de decir algoen latín al modo de
conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierreo a otro
monstruo cualquiera. Si así no lo haces, mi mamá te echará
alpunto a la calle, y mis hermanas no podrán rogarte que
vuelvas.
—Muy bien; tendré cuidado de cumplir el programa. ¿En
dónde nosveremos?
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