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Cádiz

Doña Flora me ofreció un dulce, pero viose obligada a poner
punto en lacuestión, porque otras damas, que como ella
pertenecían a la clase deplazas desmanteladas y con artillería
antigua, intervinieroninoportunamente en nuestro diálogo.
He referido la anterior burlesca escena, que parece
insignificante ysólo digna de momentánea atención, porque con
ser pura broma, influyómucho en acontecimientos que luego
contaré, proporcionándome sinsaboresy contrariedades. De este
modo los más frívolos sucesos, que no parecentener fuerza
bastante para alterar con su débil paso la serenidad de lavida, la
conmueven hondamente de súbito y cuando menos se espera.
Poco después entró en la sala el memorable D. Diego, conde
de Rumblar yde Peña Horadada, y con gran sorpresa mía, ni
saludó a la condesa, niesta tuvo a bien dirigirle mirada alguna.
Reconociéndome al punto,llegose a mí, y con la mayor
afabilidad me saludó y felicitó por mirápido adelantamiento en
la carrera de las armas, de que ya teníanoticias. No nos
habíamos visto desde mi aventura famosa en el palaciodel
Pardo. Yo le encontré bastante desfigurado, sin duda por
recientesenfermedades y molestias.
—Aquí serás mi amigo, lo mismo que en Madrid—me dijo
entrando juntosen la sala de juego—. Si estás en la Isla, te
visitaré. Quiero quevengas a las tertulias de mi casa. Dime,
cuando vienes a Cádiz, ¿parasaquí en casa de la condesa?
—Suelo venir aquí.
 
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