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Cádiz

—Allí no se juega tampoco. Allí no van Quintana el fatuo, ni
Martínezde la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni
Gallardo eldemonio filosófico, ni Arriaza el relamido, ni
Capmany el loco, niArgüelles el jacobino, sino multitud de
personas deferentes con lareligión y con el rey.
Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le
descoyuntó,marchándose después con paso reposado y ademán
orgulloso.
—Amiga mía—dijo doña Flora—, ¡qué imprudente es usted!
¿No es verdad,Gabriel, que ha sido muy imprudente?
—¡Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas!
—Yo temblaba por ti, niñito, temiendo que te ensartara con
elchafarote.
—La condesa nos ha comprometido—afirmé con afectado
enojo.
—Es un diablillo.
—Amiga mía—dijo Amaranta—, lo hice con la mayor
inocencia. Después delo que he descubierto, me pongo de parte
del desairado don Pedro. Laverdad, señora doña Flora; es una
gran picardía lo que ha hecho usted.Trocarle, después de
veinticinco años, por este mozuelo sinrespetabilidad...
—Calle usted, calle usted, picaruela—repuso la dueña—. Por
mi parteni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este
joven con susprovocaciones...
—De aquí en adelante—dije yo—seré respetuoso, comedido
ycircunspecto, como don Pedro.
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