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Cádiz

Ya se sabe que la juventud ha detener sus trapicheos; pero los
muchachos decentes y bien nacidosdesfogan sus pasiones con
compostura, antes buscando el trato honesto depersonas graves
y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria.
La condesa afectó estar conforme con la reprimenda y la
repitió, dándolamás fuerza con sus irónicos donaires. Después,
ablandándose doña Flora yllevándome adentro, me dio a probar
de unos dulces finísimos que no serepartían sino entre los
amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala,Amaranta me
dijo:
—Desde que doña María y la marquesa decidieron que no
viniera Inés,parece que falta algo en esta tertulia.
—Aquí no hacen falta niñas, y menos la condesa de Rumblar,
que con susremilgos impedía toda diversión. Nadie se había de
acercar a la niña, nihablar con la niña, ni bailar con la niña, ni
dar un dulce a la niña.Dejémonos de niñas: hombres, hombres
quiero en mi tertulia; literatosque lean versos, currutacos que
sepan de corrido las modas de París,diaristas que nos cuenten
todo lo escrito en tres meses por lasGacetas de Amberes,
Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que noshablen de
las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal dela
regencia y critique la cosa pública, ensayando discursos para
cuandose abran esas saladísimas Cortes que van a venir.
—Yo no creo que haya tales Cortes—dijo Amaranta—porque
las Cortes noson más que una cosa de figurón, que hace el rey
para cumplir un antiguouso. Como ahora estamos sin rey...
—¿Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos
hanprometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito será
esteespectáculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no
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