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Cádiz

—¡Oh, amigo Araceli!-exclamó lord Gray con asombro—.
Usted adelantamucho. Tendremos aquí un espadachín temible.
Luego, tira usted con mucharabia...
En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afán de
acribillarle.
Por la noche fuimos a casa de doña Flora; pero lord Gray, a
poco dellegar, despidiose diciendo que volvería. La sala estaba
bien iluminada,pero aún no muy llena de gente, por ser
temprano. En un gabineteinmediato aguardaban las mesas de
juego el dinero de los apasionadostertuliantes, y más adentro
tres o cuatro desaforadas bandejas llenas dedulces nos prometían
agradable refrigerio para cuando todo acabase.Había pocas
damas, por ser costumbre en los saraos de doña Flora
quedescollasen los hombres, no acompañados por lo general
más que de unamedia docena de beldades venerables del siglo
anterior, que, cualcastillos gloriosos, pero ya inútiles, no
pretendían ser conquistablesni conquistadas. Amaranta
representaba sola la juventud unida a lahermosura.
Saludaba yo a la condesa, cuando se me acercó doña Flora,
ypellizcándome bonitamente con todo disimulo el brazo por
punto cercanoal codo, me dijo:
—Se está usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer
por aquí.Ya sé que se divirtió usted en el puente de Suazo con
las buenas piezasque llevó allí el Sr. Poenco hace ocho días...
¡Bonita conducta! Yoempeñada en apartarle a usted del camino
de la perdición, y usted cadavez más inclinado a seguir por él...
 
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