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Cádiz

mismo tema paraprovocar su locuacidad; nombré a
innumerables personas, pero no me fueposible sacarle una
palabra más. Después de dejarme entrever un rayo desu
felicidad, calló y su boca cerrose como una tumba.
—¿Es usted feliz?-le dije al fin.
—En este momento sí—respondió.
Sentí de nuevo impulsos de arrojarle al mar.
—Lord Gray—exclamé súbitamente—¿vamos a nadar?
—¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Usted también?
—¡Sí, arrojémonos al agua! Me pasa a mí algo de lo que a
usted pasabaantes. Se me ha antojado nadar.
—Está loco—contestó riendo y abrazándome—. No, no
permito yo que tanbuen amigo perezca por una temeridad. La
vida es hermosa, y quienpensase lo contrario, es un imbécil. Ya
llegamos a Cádiz. Tío Hígados,eche aceite a la lamparilla, que
ya estamos cerca de la taberna dePoenco.
Al anochecer llegamos a Cádiz. Lord Gray me llevó a su casa,
donde nosmudamos de ropa, y cenamos después. Debíamos ir a
la tertulia de doñaFlora, y mientras llegaba la hora, mi amigo,
que quise que no, hubo dedarme nuevas lecciones de esgrima.
Con estos juegos iba, sin pensarlo,adiestrándome en un arte en
el cual poco antes carecía de habilidadconsumada, y aquella
tarde tuve la suerte de probar la sabiduría de mimaestro dándole
una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, quea no
tener botón el estoque, hubiéralo atravesado de parte a parte.
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