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Cádiz

desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco
ycomprenderás todo lo que vale un trato honesto y circunspecto
conpersonas de peso y suposición. Vamos, dime lo que quieres
almorzar. ¿Tequedarás aquí hasta mañana? ¿Tienes alguna
herida, contusión o rasguño,para curártelo en seguida? Si
quieres dormir, ya sabes que junto a micuarto hay una alcobita
muy linda.
Diciendo esto, doña Flora desarrollaba ante mis ojos en toda
sumagnificencia y extensión el panorama de gestos, guiños,
saladas muecas,graciosos mohínes, arqueos de ceja, repulgos de
labios y demás signosdel lenguaje mudo que en su arrebolado y
con cien menjurjes albardadorostro servía para dar mayor fuerza
a la palabra. Luego que le di misexcusas, dichas mitad en serio
mitad en broma, comenzó a dictar órdenesseveras para la obra
de mi almuerzo, atronando la casa, y a este puntosalió
conteniendo la risa la señora condesa que había oído la
anteriorretahíla.
—Tiene razón—me dijo después que nos saludamos—; el Sr.
D. Gabriel esun chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga haría
muy bien en ponerleuna calza al pie. ¿Qué es eso de mirar a las
chicas bonitas? ¿Hase vistomayor desvergüenza? Un barbilindo
que debiera estar en la escuela ocosido a las faldas de alguna
persona sentada y de libras que fuera unalmacén de buenos
consejos... ¿cómo se entiende? Doña Flora, siénteleusted la
mano, dirija su corazón por el camino de los
sentimientoscircunspectos y solemnes, e infúndale el respeto
que todo caballero debetener a los venerandos monumentos de
la antigüedad.
Mientras esto decía, doña Flora había traído luengas piezas de
damascoamarillo y rojo y ayudada de su doncella empezó a
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