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Cádiz

—Ha castigado usted la infamia de un malvado, y el alto
principio delhonor ha quedado triunfante.
—Lo dudo mucho, señora. El orgullo de mi hazaña es una
llama que mequema el corazón.
—Quiero verlo—dijo bruscamente la señora.
—¿A quién?
—A lord Gray.
—Yo no—exclamé con espanto, deseando alejarme de allí.
Doña María se acercó al cuerpo y lo examinó.
—Una venda—dijo uno.
Doña María arrojó un pañuelo sobre el cuerpo, y quitándose
luego un chalnegro que bajo el manto traía, hízolo jirones y lo
tiró sobre la arena.
Lord Gray abriendo los ojos, con voz débil habló así:
—¡Doña María! ¿Por qué tomaste la figura de este amigo?... Si
tu hijaentra en el convento, la sacaré.
La condesa de Rumblar se alejó con presteza de allí.
Movido de un sentimiento compasivo, acerqueme a lord Gray.
Aquellahermosa figura, arrojada en tierra, aquel semblante
descolorido ycadavérico me inspiraba profundo dolor. El herido
se incorporó al verme,y alzando su mano me dijo algunas
palabras que resonaron en mi cerebrocon eco que no pude nunca
olvidar; ¡extrañas palabras!
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