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Cádiz

de un acero al resbalar contrael otro, y lord Gray articulando una
exclamación, cayó en tierra.
—Muero—dijo, llevándose la mano al pecho—. Araceli...
buendiscípulo... honra a su maestro.
Arrojando la espada, mi primer impulso fue correr hacia el
herido yauxiliarle; pero Figueroa lleno de turbación, me dijo:
—Esto es hecho... Araceli, huye... no pierdas tiempo. El
gobernador...la embajada... Wellesley.
Comprendiendo lo arriesgado de mi situación, corrí hacia la
muralla.Turbado y hondamente impresionado y conmovido
andaba hacia la puerta,cuando me detuvo una persona que
avanzaba resueltamente hacia el lugarde la catástrofe.
—¡El gobernador Villavicencio!—dije en el primer momento
antes dedistinguir con claridad el bulto de aquel extraño
espectador del duelo.
Mas reconociendo a la persona al acercarme a ella, exclamé
con asombro:
—Señora doña María... ¡Usted aquí a esta hora!
—Ha caído—dijo mirando con viva atención hacia donde
estaba lordGray—. Acertó la marquesa al asegurar que no era D.
Pedro hombre apropósito para llevar adelante esta grande
empresa. Usted...
—Señora—dije bruscamente—no alabe usted mi hazaña...
Quieroolvidarla, quiera olvidar que esta mano...
 
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