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Cádiz

—Dense explicaciones—dijo el otro—y se evitará un lance
desagradable.
—Araceli es quien tiene que darlas, no yo—afirmó el inglés.
—A lord Gray corresponde hablar, sincerándose de su vil
conducta.
—En guardia—exclamó él con frenesí—. Me despido de
Cádiz matando a unamigo.
—En guardia—exclamé yo sacando la espada.
Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon
con luz deplata en la oscuridad de la noche.
De pronto uno de los padrinos dijo:
—Alto, alguien nos ve... Por allí avanza una persona.
—Un bulto negro... Maldito sea el curioso.
—Si será Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y
creyendovenir a impedirla, sorprende las veras...
—Parece una mujer.
—Más bien parece un hombre. Se detiene allí... nos observa.
—Adelante—dijo lord Gray—. Que venga el mundo entero a
observarnos.
—Adelante.
Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me sentía fuerte en la
segundaembestida; lord Gray era habilísimo tirador; pero estaba
agitado,mientras que yo conservaba bastante serenidad. De
pronto mi mano avanzócon rápido empuje; sintiose el chirrido
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