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Cádiz

—¿No merezco ya ni dos minutos de atención?-afirmó con
amargura elnoble lord—. ¿Ya no se me concede ni el favor de
una palabra?... Estábien, no me quejo.
—Ahora parece indudable que parte—dijo Amaranta.
—Señora, adiós—exclamó lord Gray con emoción profunda,
verdadera ofingida—. Araceli, adiós; Inés, amigos míos,
procuren olvidar a estemiserable. Y usted, Asunción, a quien sin
duda debo haber ofendido,según el encono con que me mira,
adiós también.
La infeliz se deshacía en lágrimas.
—Había solicitado de usted el último favor, una entrevista
paradespedirme de la que tanto he amado, pero no espero
conseguirlo. He sidoun insensato... Ha hecho usted bien en
cobrarme de pronto eseaborrecimiento que me están revelando
sus bellos ojos... ¡Miserable demí, he aspirado a lo que me era
tan superior! En mi demencia juzguéposible apartar esta noble
alma de la piedad a que desde el nacer seinclina; aspiré a lo
imposible, a luchar con Dios, único amante que cabeen la
inconmensurable grandeza de ese corazón... Adiós, vuelva usted
asus santidades, remóntese usted a aquellas celestiales alturas,
de dondeeste infame quiso hacerla descender. Entre usted en el
claustro... entreusted... Perdóneme Dios mis arrebatados
pensamientos... cada cual a supuesto. Ángeles al cielo, miseria y
debilidad a la tierra... Antes amor,locura, ardientes arrebatos;
ahora respeto, culto. Mañana, como ayer,vivirá usted en mi
corazón; pero ahora, santa mujer, está usted dentrode él
canonizada... Adiós, adiós.
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