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Cádiz

—Señora—dije—yo me marcharé pronto. Recuerdo que usted
me rogó que novolviese más a su casa. Hoy me trae un deber, un
deseo vehemente derestablecer la paz y armonía entre personas
de una misma familia, y...
—¿Y a usted quién le mete en tales asuntos?
—Señora, aunque extraño a la casa, me ha afectado tan
profundamente elagravio recibido por esta augusta familia, a
quien respeto y admiro(aunque mis enemigos calumniadores
hayan hecho creer a usted locontrario) que me sentí vivamente
inclinado a terciar de parte de usted.Señora doña María, vengo a
decir a usted que la condesa se muestra hoyarrepentida de las
duras palabras...
—¿Arrepentimientos?... Yo no lo creo, caballero. Suplico a
usted que nome hable de esa señora. Si es eso lo que usted
quería decirme... Lajusticia está ya encargada de esto y de
devolver a Inés al jefe de lafamilia.
Asunción alzó la vista y miró a su madre. Parecía deseosa de
hablarle,pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando
valor, se expresó deeste modo con voz quejosa y tristísima, que
producía en mí extrañasensación.
—Señora madre, ¿me permite usted que hable una palabra?
—Hija mía, ¿qué vas a decir? Tú no entiendes de esto.
—Señora madre, déjeme usted decirle una cosa que pienso.
—Está delante una persona extraña y no puedo negártelo.
Habla.
—Pues yo pienso, señora, que Inés es inocente.
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