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Cádiz

En efecto, traslademe a hora que me pareció oportuna a casa
de doñaMaría, recelando no ser recibido, pero con el firme
propósito de nosalir de allí sin intentar por todos los medios ver
y hablar a laorgullosa dama. Encontré a D. Diego, quien, contra
mi creencia,recibiome muy bien y me dijo:
—Ya sabrás los escándalos de esta casa. Lord Gray es un
canalla. Cuandoyo dormía en casa de Poenco, fue allá y me sacó
las llaves delbolsillo... No podía haber sido otro. ¿Le viste tú
entrar?
—Sr. D. Diego, quiero ver a la señora condesa para hablarle
de unasunto que a esta familia, lo mismo que a la de Leiva,
importa mucho.¿Tendrá la señora la bondad de recibirme?
Madre e hijo conferenciaron a solas un rato allá dentro, y por
fin laseñora se dignó ordenar que me llevaran a su presencia.
Estaba la deRumblar en la sala acompañada de sus dos hijas. La
madre tenía en elaltanero semblante la huella de la gran
pesadumbre y borrasca del díaanterior, y la penosa impresión se
traslucía en una especie de repentinoenvejecimiento. De las dos
muchachas, Presentación revelaba al vermecierta alegría
infantil, que ni aun la proximidad de su madre podíadomar, y
Asunción una tristeza, una decadencia, una languidez taciturnay
sombría, señal propia de los muy místicos o muy apasionados.
La señora de Rumblar, después de ordenar a Presentación que
se alejase,me recibió con un exordio severísimo, y luego añadió:
—No debía ocuparme de nada que se refiera a aquella casa
donde ayer pormi desgracia estuve; pero la cortesía me obliga a
oírle a usted, nadamás que a oírle por breve tiempo.
 
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