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Cádiz

—¿Quiere usted que lo proponga a la señora doña María?...
Nada sepierde... No sé si me recibirá; pero intentaré hablarla.
Me favorece elque no sospecha nada de mí en el suceso de
anoche.
—Es una buena idea. Sí... tampoco sería malo que yo me
mostrasearrepentida de las atrocidades que le dije... no... ¡Oh,
qué confusión,Dios mío! No sé qué hacer...
—Cualquiera de esos actos me parece aceptable.
—¿Te parece que debo ir allá?
—Hoy no es conveniente. Se reanudaría al punto la reyerta,
porque aquelvolcán en erupción estará echando fuego, humo y
lava por algún tiempo.Será prudente que yo me anticipe e
indique a doña María esa idea detransacción que usted le
propone, con tal que no la priven de su hija.
—Sí, hazlo tú primero. Yo me arriesgaré a tratar con mi tía,
que es eljefe de la familia, pero antes conviene tantear a la de
Rumblar, a verqué tal se presenta.
—Ante todo debo indicar prudentemente a doña María que
usted reconocehaber estado algo dura en la entrevista.
—Sí... lo encomiendo a tu habilidad, y me quedo tranquila... Si
terecibe mal, no te importe. Con tal que te deje hablar,
aguantadesprecios y desaires.
Hago mención de este diálogo que tuvimos la condesa y yo,
para quecomprenda el lector la razón de la extraña visita que
hice a doña Maríaun día después de aquel de tanto ruido en que
ocurrió lo que acabo decontar.
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