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Cádiz

de losenamorados, o las hizo Dios para castigarlos...
Recapacitemos; ¡las hizoDios, Dios, Dios!...
—Salgamos al instante de aquí—dijo Inés—. Este hombre está
loco. Sies cierto que la infeliz ha vuelto a casa, pronto lo
sabremos.
Impulsado por una determinación súbita, dije al inglés:
—Milord, ¿me presta usted su coche?
—Está a la puerta.
—Pues vamos.
Bajamos. Cogí a Inés en mis brazos, y subiéndola en la alta
carroza (unade las singularidades del Cádiz de entonces,
introducida por lord Gray)dije al cochero:
—A casa de la señora de Cisniega, en la calle de la Verónica.
—¿A dónde me llevas?-exclamó Inés con espanto cuando me
senté junto aella dentro del coche que empezó a rodar
pesadamente.
—Ya lo has oído. No me preguntes por qué. Allá lo sabrás. He
tomadoesta resolución y no hay fuerza humana que me aparte de
ella. No es unacalaverada; es un deber.
—¡Qué dices! Yo salí para salvar a mi amiga de la deshonra, y
ladeshonrada soy yo.
—Inés, oye lo que te digo. ¿Estás decidida a casarte con D.
Diego?
 
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