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Cádiz

rodeaban, creía ver a cada instante la imagen de lordGray y otra
imagen, corriendo ambas fuera de la casa
profanada.Verdaderamente, señores, discurriendo con serenidad,
no podía darmecuenta del objeto de mi arriesgada expedición
allí dentro. ¿Iba asatisfacer en la persona de lord Gray mi anhelo
de venganza, iba agozarme en mi propio desaire o a impedir la
violenta determinación delos locos amantes? Yo no lo sabía. En
mi pecho bullían ardientesfurores, y se quemaba mi frente
circundada por anillo de candentehierro. Los celos me llevaban
en sus alas negras llenas de agudas uñasque desgarran el pecho,
y dejándome arrastrar, no podía prever cuálsería el término de
mi viaje.
Al llegar al corredor de cristales que daba vuelta a todo el
patio,percibí con claridad los objetos, por la mucha luz de la
luna que allípenetraba. Entonces medité, y formulando
vagamente un plan, dije:
—Aquí buscaré un sitio donde ocultarme. Lord Gray no puede
haberllegado todavía. Le espero, y cuando venga le saldré al
paso.
Puse atento el oído, y creí sentir un rumor vago. Parecíame
ruido defaldas y pasos muy tenues. Aguardando un rato, al cabo
distinguí unaforma de mujer que salía al corredor por la puerta
menos próxima alsitio donde yo me encontraba. Había allí un
alto, pesado y negro roperoque proyectaba sombra muy oscura
sobre sus costados, y junto a él meguarecí. Atisbé la figura que
se acercaba, y al punto la reconocí. EraInés. Acercábase más, y
al fin pasó por delante de mí. Yo me aplastécontra la pared:
hubiera querido ser de papel para ocupar el menorespacio
posible.
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