Not a member?     Existing members login below:

Cádiz

parejas con Vejarruco y Lombrijón; los guitarristas sedivertían
por su cuenta en otro extremo de la taberna, roncaba como
unabestia enferma el gran Poenco y la ocasión era propicia para
mí. Tomélas dos llaves que el durmiente D. Diego llevaba en su
bolsillo, y corrícomo un insensato fuera de la taberna.
La repugnante zambra habíase alargado bastante, porque eran
ya casi lasdoce.
Yo no corría, volaba, y en poco tiempo llegué a la calle de la
Amargura,mortificado por el recelo de acudir tarde. Un hombre
que se lanzadesesperado al crimen no experimenta en el instante
de perpetrar suprimer robo, su primer asesinato, emoción tan
viva como la que yoexperimenté cuando introduje la llave,
cuando le di vueltas poco a pocopara evitar todo ruido, cuando
empujando la puerta ya abierta, estacedió ante mí sin rechinar,
merced a las precauciones que con este finhabía tomado D.
Diego. Entré, y por un rato halleme desorientado en laprofunda
oscuridad del zaguán; pero a tientas y cuidadosamente
pudellegar al patio, donde la claridad del cielo que por la
cubierta devidrios entraba, me permitió marchar con pie más
seguro. Abriendo lasegunda puerta que daba paso a la escalera,
subí muy despacio asido albarandal.
El corazón me latía con loca presteza, pareciéndome tan
desmesuradamenteensanchado, que experimenté la sensación de
llevar dentro del pecho unobjeto mayor que la casa en que
estaba. Me tenté la espada, por ver siestaba en mi cintura, y
probé si salía con holgura de la vaina. En lassombras que me
 
Remove