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Cádiz

—¡Vivan las Cortes!-gruñó Lombrijón batiendo palmas con el
ritmo de lamalagueña—. Lo que igo es que un ruedo de
muchachas bailando, con unpar de guitarras y otros tantos
mozos güenos y un tonel de lo deTrebujena que dé güelta a la
reonda, me gustan más que las Cortes, dondeno hay otra música
que la del cencerro que toca el presiente y el romromde los
escursos.
—Que vengan las muchachas, que vengan las guitarras—gritó
el deRumblar, dueño ya tan sólo de la mitad de su corto
entendimiento.
—Poenco, si las traes te hacemos...
—Te hacemos diputao...
—¿Qué es eso? ¡Menistro! ¡Viva la libertad de la imprenta y el
menistroseñó Poenco!
Mientras de este modo se enardecía el espíritu y se exaltaban
lossentidos de aquellos bárbaros, iba pasando mucho tiempo,
más tiempo delque yo quería que pasase sin poner en ejecución
mi pensamiento. Habíansonado las nueve, las diez, casi las once.
Más fuerte que si tuviera algo dentro, la cabeza de mi amigo
D. Diegoresistía a frecuentes trasiegos del ardiente líquido; pero
cuandovinieron las mozas y comenzó la música, el noble
vástago perdió losestribos y dio con su alma y su cuerpo en el
torbellino de la másgrosera orgía que ventorrillo andaluz puede
ofrecer al sibaritismo.Bailó, cantó, pronunció discursos políticos
sobre una mesa, imitó elpavo y el cerdo, y por último, ya muy
tarde, cuando el afán me devorabay la impaciencia me tenía
nervioso y aturdido, dio con su noble cuerpoen tierra, cayendo
inerte, como un pellejo de vino. Las mozas formabanelegantes
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