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Cádiz

afirmo que corrían los principios dedicho mes, pues aún estaba
calentita la famosa respuesta: «La ciudad deCádiz, fiel a los
principios que ha jurado, no reconoce otro rey que alseñor D.
Femando VII. 6 de Febrero de 1810».
Cuando llegué a la calle de la Verónica, y a la casa de doña
Flora, estame dijo:
—¡Cuán impaciente está la señora condesa, caballerito, y
cómo se conoceque se ha distraído usted mirando a las majas
que van a alborotar a casadel señor Poenco en Puerta de Tierra!
—Señora—le respondí—juro a usted que fuera de Pepa
Hígados, laChurriana, y María de las Nieves, la de Sevilla, no
había moza alguna encasa de Poenco. También pongo a Dios
por testigo de que no nos detuvimosmás que una hora y esto
porque no nos llamaran descorteses y maloscaballeros.
—Me gusta la frescura con que lo dice—exclamó con enfado
doña Flora—.Caballerito, la condesa y yo estamos muy
incomodadas con usted, síseñor. Desde el mes pasado en que mi
amiga acertó a recoger en el Puertoesta oveja descarriada, no ha
venido usted a visitarnos más que dos otres veces, prefiriendo en
sus horas de vagar y esparcimiento lacompañía de soldados y
mozas alegres, al trato de personas graves ydelicadas que tan
necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. ¡Quésería de ti—
añadió reblandecida de improviso y en tono de confianza—
,tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos
delmundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te
agasajáramos ycuidáramos, fortaleciéndote a la vez el cuerpecito
con sanos y gustososplatos, el alma con sabios consejos!
Desgraciado niño... Vaya seacabaron los regaños, picarillo.
Estás perdonado; desde hoy se acabó elmirar a esas
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