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Cádiz

Dos horas después, lord Gray estaba en el salón de su casa,
vestido comode costumbre, después de haber borrado con
abundantes abluciones lahuella de sus barrabasadas picarescas.
Vestido al fin con la elegancia y el lujo que le eran comunes,
mandó quepusiesen la cena, y en tanto que venían dos personas
a quienes dirigióverbal invitación por conducto de sus criados,
paseábase muy agitado enla larga estancia. A ratos me dirigía
algunas palabras, preguntasincongruentes y sin sentido; a ratos
se sentaba junto a mí comointentando hablarme, pero sin decir
nada.
Como el oro improvisa maravillas en la casa del rico, la mesa
(sólohabía en ella cuatro cubiertos) ofrecía esplendidez
portentosa.Centenares de luces brillaban en dorados
candelabros, reflejándose enmil chispas de varios colores sobre
los vasos tallados y los vistososjarros llenos de flores y frutas. El
mismo desorden que allí había, comoen todo lo perteneciente a
lord Gray, hacía más deslumbradora la extrañaperspectiva del
preparado festín.
Al fin, mostrando impaciencia, dijo el inglés:
—Ya no pueden tardar.
—¿Los amigos?
—Son amigas. Dos muchachas.
—¿Las que dan quehacer a la señora Alacrana?
—Araceli—dijo con inquietud—¿usted oyó el coloquio que
conmigo tuvoaquella mujer?... Es una indiscreción. Los buenos
amigos cierran losoídos al susurro de lo que no les importa.
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