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Cádiz

Adiós, Sr. Monipodio, Celestina, Garduña,Justina, Estebanillo,
Lázaro, adiós.
Indudablemente lord Gray estaba loco. Yo no pude menos de
reír oyéndole,en lo cual me imitaron los pilletes a quienes se
dirigía, y pensé quelas ideas expresadas por él eran frecuentes
entre los extranjeros quevenían a España. Si eran exactas o no,
mis lectores lo sabrán.
—Amigo—me dijo el lord—uno de los placeres más
halagüeños de mi vidaes pasar largas horas entre las ruinas.
Marchábamos despacio por la muralla adelante hacia las
Barquillas deLope, cuando encontramos a dos padres del
Carmen que volvíanapresuradamente a su casa.
—Adiós, Sr. Advíncula—dijo lord Gray.
—¡San Simeón bendito!-exclamó perplejo uno de los frailes—
. ¡Esmilord! ¡Quién le había de conocer en semejante traje!
Uno y otro carmelita rieron a carcajada tendida.
—Voy a soltar el manto real.
—Creíamos que milord se había marchado a Inglaterra.
—Y me alegré, sí señor me alegré—dijo el más joven—
porque no quierocompromisos, y milord me está
comprometiendo. Acabáronse lascondescendencias peligrosas.
—Bueno—dijo Gray con desdén.
El más anciano preguntó:
—¿Entró al fin milord en el seno de la iglesia católica?
—¿Para qué?
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