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Cádiz

—Fray Pedro Advíncula, ¿qué es esto?—dijo doña María—.
¿Me explicaráusted al fin el singular suceso de la desaparición
de las niñas?
—Señora... nada más natural—repuso jovialmente el fraile,
que erajoven por más señas—. Una bomba... ¡Pobre D. Paco!,
no se ha sabido másde él... ¡Iban por la muralla!... Las dos niñas
corrieron, corrieron...pobrecitas... Las recogimos en casa... se les
dio agua y vino... ¡quésusto!, pobrecillas... a la señora doña
Presentacioncita no se la pudoencontrar...
—La pícara se fue a las Cortes con... ¡Justicia, cielos
divinos,justicia!
No oí más porque salí de la casa. Desde aquel momento fui
amigo deCalomarde. ¿Hablaré de él algún día? Creo que sí.
Pasaron días y San Lorenzo de Puntales me vio ocupado en su
defensadurante un mes, en compañía de los valientes canarios de
Alburquerque.Allí ni un instante de reposo, allí ni siquiera
noticias de Cádiz, allíni la compañía de lord Gray, ni cartas de
Amaranta, ni mimos de doñaFlora, ni amenazas de D. Pedro del
Congosto.
Dentro de Cádiz, el sitio era una broma y los gaditanos se
reían de lasbombas. La alegre ciudad, cuyo aspecto es el de una
perpetua sonrisa,miraba desde sus murallas el vuelo de aquellos
mosquitos, y aunquepicaran, los recibía con coplas donosas,
como los bilbaínos de lapresente época. Cuando el bombardeo
hizo verdaderos estragos, losllantos y lágrimas perdiéronse en el
 
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