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Cádiz

—Señora—repuso este desplegando para sonreír toda su boca,
que eragrandísima—; a fe de jurisconsulto diré a usted que aún
puedearreglarse. Hablemos con franqueza. Estoy acostumbrado
a presenciarlances muy chuscos en mi carrera y nada me asusta.
¿Ha habido noviazgo?
—¡Jesús!, qué abominación—exclamó con indecible trastorno
doñaMaría—. ¡Noviazgo!... Presentación, retírate al instante.
La muchacha no obedeció.
—Pues si ha habido noviazgo, y los dos se quieren, y han dado
unpaseíto juntos, y el señor es un buen militar, a qué andar
confarándulas y mojigatería, lo mejor es casarlos y en paz.
Doña María, de roja que estaba volviose pálida y cerró los
ojos, yrespiró con fuerza, y el torbellino de su dignidad se le
subió a lacabeza, y se mareó, y estuvo a punto de caer
desmayada.
—No esperaba yo tales irreverencias del Sr. D. Tadeo
Calomarde—dijocon voz entrecortada por la ira—. El Sr. D.
Tadeo Calomarde no sabequién soy; el Sr. D. Tadeo Calomarde
recuerda los planes casamenterosque servían para hacer fortuna
en los tiempos de Godoy. Mi dignidad nome permite seguir este
asunto. Ruego al Sr. D. Tadeo Calomarde y al Sr.D. Gabriel de
Araceli que se sirvan abandonar mi casa.
Calomarde y yo nos levantamos. Presentación me miró, y con
toda su almaen los ojos, me dijo en mudo lenguaje:
—Lléveme usted consigo.
Cuando nos retirábamos, entraron en la sala Inés y Asunción,
conducidaspor un fraile.
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