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Cádiz

Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su
abanicoprecipitadamente. Sin ninguna gana me reía yo, y ella
después de un ratode silencio, me habló así:
—Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es
forzosotener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija
corresponda alamor del inglés.
—Lo creo señora—respondí apretando con convulsa fuerza los
dientes, nimás ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran
Bretaña.
—Sí—prosiguió—, todo suceso que me dé esperanzas de ver a
mi hijafuera de la tutela y dirección de la marquesa y la condesa,
es para mílisonjero.
—Pero ese inglés será protestante.
—Sí—repuso—, mas no quiero pensar en eso. Puede que se
haga católico.De todos modos, ese es punto grave y delicado.
Pero no reparo en nada.Vea yo a mi hija libre, hállese en
situación tal que yo pueda verla,hablarla como y cuando se me
antoje, y lo demás... ¡Cómo rabiaría doñaMaría si llegara a
comprender...! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tudiscreción.
Si lord Gray fuera católico, no creo que mi tía se opusieraa que
se casase Inés con él. ¡Ay!, luego nos marcharíamos los tres
aInglaterra, lejos, lejos de aquí, a un país donde yo no viera
parientede ninguna clase. ¡Qué felicidad tan grande! ¡Ay!
Quisiera ser Papa parapermitir que una mujer católica se casara
con un hombre hereje.
—Creo que usted verá satisfechos sus deseos.
—¡Oh!, desconfío mucho. El inglés aparte de su gran mérito
es bastanteraro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y
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