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Cádiz

habrán hecho?... La señora doñaInesita estaba más pálida que
una muerta, y la señora doña Asuncioncitamás roja que una
amapola... Vámonos, niña, vámonos de aquí.
—Sí, vámonos—repetí yo.
—Yo no me muevo de aquí, Paquito. Esto me gusta mucho.
Ya han acabadode leer periódicos y papeles y vuelven los
discursos... ¿Quién habla?
—Es el Sr. de Argüelles. ¡Buen pájaro está! ¡Pues bonitas
cosas estáoyendo la niña!—dijo D. Paco en voz más alta que la
que a larespetabilidad del sitio correspondía—. Tratar de abolir
lasjurisdicciones, los señoríos, los fueros, el tormento y el
derecho deponer la horca a la entrada del pueblo, y de nombrar
jueces; quierenquitar las prestaciones y demás sabias prácticas
en que consiste lagrandeza de estos reinos.
—Pues que lo supriman todo—dijo Presentación con enfado—
. De aquí nome muevo hasta que lo supriman todo.
—La niña no sabe lo que habla—exclamó D. Paco, suscitando
losmurmullos de los circunstantes con lo destemplado de su
voz—. Ahora laseñora doña María no podrá nombrar el alcalde
de Peña-Horadada, nicobrará tanto de fanega en el molino de
Herrumblar, ni las doce gallinasde Baeza, ni podrá prohibir la
pesca en el arroyo, ni los asnos de casapodrán meterse en las
heredades del vecino a comerse lo que se lesantoje.
—Señó abate—gritó una voz, mientras una mano pesaba con
formidableempuje sobre los hombros del preceptor—; siéntese y
calle.
—Caballero—dijo otro—¿se podría saber quién es usted?
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