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expresar la admiración que aquel raudal de gracia ytravesura, de
sentimiento y de dulce ingenuidad me producía. Nombréantes a
los niños, y aquí repito, aunque Presentacioncita había dejadode
serlo, a mí me hacía el efecto de uno de esos
chiquillossentenciosos, que con sus verdades como puños nos
causan asombro y risa.Verdad es que la de Rumblar, aun
haciéndome reír, me causaba al mismotiempo tristeza.
De pronto miré a la tribuna de señoras, que estaba al lado de
laEpístola, en lo que podemos llamar el proscenio de la iglesia,
y creídistinguir a las dos muchachas.
—¡Allí están, allí están!...—dije a mi acompañante.
—Sí, y en la tribuna inmediata, que es la de los diplomáticos,
estálord Gray. ¿No le ve usted?... Está con la cabeza entre las
manos,pensativo y meditabundo.
—No habla con ellas, ni puede hablar, porque una tabla les
separa.Acaban de entrar en este momento.
Llegó a la sazón D. Paco, rojo como un pimiento, y abriéndose
paso porentre la apiñada muchedumbre de galerios (así
llamaban a los devotosde aquella religión, y así les nombraron
después en son de remoquete enel tiempo de las persecuciones),
acercósenos y nos dijo:
—¡Gracias a Dios que han parecido!... Lord Gray las llevó
engañadas alcampanario de la iglesia... después adentro...
después a la calle...¿Hase visto infamia semejante?... ¡Estoy
bramando de furor!... ¿Quéhabrán hecho, señor de Araceli, qué
 

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