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Cádiz

—Volveré. Lord Gray las entretiene a ustedes bastante.
—Lord Gray no va tampoco—dijo con pena.
—¿Y si supiera doña María que usted ha venido aquí?
—Creo que nos mataría. Pero no lo sabrá. Inventaremos algo
muy gordo.Diremos que venimos del Carmen, donde fray Pedro
Advíncula nos entretuvocontándonos vidas de santos. Otras
veces le hemos dicho esto, y luegofray Pedro Advíncula no nos
ha desmentido. Es un santo varón y yo lequiero mucho. Tiene
las manos blancas y finas, los ojos dulces, la vozsuave, el habla
graciosa; sabe tocar el ole en un organito muy mono, ycuando
no está mamá delante, habla de cosas mundanas con tanta
graciacomo decencia.
—¿Y fray Pedro Advíncula, va a casa de usted?
—Sí... es amigo de lord Gray. Es el que hace la preparación
espiritualde Inés para el matrimonio, y de Asunción para el
monjío... Se me figura(y esto es reservado) que él llevó la
papeleta de la tribuna.
—Y a usted ¿no la prepara para algo?
—A mí—contestó la muchacha con profundo desconsuelo—a
mí, para nada.
Yo estaba absorto, pasmado y lelo, contemplando la seductora
ignorancia,la infantil malicia, la franqueza sin freno de aquella
alma, a quien lafalta de toda educación mundana presentaba en
la desnudez de suinocencia. Como era linda de rostro, y había
tal viveza en su hablarespontáneo y armonioso, me encantaba
verla y oírla, y como vulgarmentese dice con respecto a los
niños, me la hubiera comido. No hallo otrafrase mejor para
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