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Cádiz

¿Qué podía yo decir? Nada. ¿Qué debía hacer? Callarme y
sufrir. Pero elhombre aplastado por cualquiera de las diversas
montañas que le caenencima en el mundo, aun cuando conozca
que hay justicia y lógica en susituación, rara vez se conforma, y
elevando las manecitas pugna porquitarse de encima la colosal
peña. No sé si fue un sentimiento de nobledignidad, o por el
contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impulsóa contestar
con entereza, afectando no sólo conformidad sinoindiferencia
ante el golpe recibido.
—Señora condesa—dije—, comprendo mi inferioridad. Hace
tiempo quepensaba en esto, y nada me asombra. Realmente,
señora, era unatrevimiento que un pobretón como yo, que jamás
he estado en la India nihe visto otras cataratas que las del Tajo
en Aranjuez, tengapretensiones nada menos que de ser amado
por una mujer de posición. Losque no somos nobles ni ricos,
¿qué hemos de hacer más que ofrecernuestro corazón a las
fregatrices y damas del estropajo, no siempre conla seguridad de
que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos deresignación,
señora, y cuando recibimos golpes como el que usted se
haservido darme, nos encogemos de hombros y decimos:
«paciencia». Luegoseguimos viviendo, y comemos y dormimos
tan tranquilos... Es unatontería morirse por quien tan pronto nos
olvida.
—Estás hecho un basilisco de rabia—me dijo la condesa en
tono deburla—, y quieres aparecer tranquilo. Si despides
fuego... toma miabanico y refréscate con él.
 
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