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Cádiz

que buscaba. Pensando que estaríantodos arriba, traspasé la
puertecilla que conducía a la escalera de lastribunas, pero en el
vestíbulo, o más bien pasadizo, la gente quebajaba, tropezando
con la que quería subir, formaba remolinos ymarejada. Pugnaba
yo por entrar cuando vi cerca de mí a Presentación,que estrujada
por espaldas y hombros muy robustos, mostraba granaflicción y
pesadumbre de haberse metido en tal fregado. Las otras dos yD.
Paco no estaban allí.
Al punto acudí a sacarla de apreturas, y al reconocerme se
alegró muchoy me dio las gracias.
—¿Dónde están las otras dos y D. Paco?-le pregunté.
—¡Ay!, no sé...-exclamó con zozobra—. Entre el gentío, Inés
y Asunciónse separaron de mí. Después las vimos con lord Gray
en el fondo de estepasadizo. D. Paco fue tras ellas y a ninguno
veo.
—Pues avancemos—dije resguardándola con mis brazos—.
Ya parecerán.
Despejose algo el local con la salida de una fuerte masa de
gente,cansada ya de oír discursos, y entonces vi venir a D. Paco,
como quebajaba de la escalera de las tribunas reservadas.
—No están—decía el pobre viejo con la mayor ansiedad—.
Asuncioncita eInesita han desaparecido. Deben de haber salido
otra vez a la calle.Lord Gray se juntó a ellas. ¡Dios mío! ¿Qué
nueva tribulación es esta?Señor de Araceli, ¿las ha visto usted?
—Subamos, que arriba han de estar.
—Que no están. ¡En buena nos han metido!... El santo Ángel
de la Guardame acompañe. Estas niñas me harán condenar,
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