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Cádiz

—El pobre D. Paco se defendió hasta que no pudo más. ¡Pobre
señor! Notuvo más remedio que bajar la cabeza ante el número
y llevarlas a lasCortes. Cuando le encontré y me contó el lance,
iba el pobre tancari-entristecido, cual si lo llevaran a ajusticiar, y
me dijo: «Ay demí, si doña María llega a saber esto... ¡Malditas
sean las Cortes y elperro que las inventó!».
—¿Estarán todavía allá?
—Sí; corre a avisárselo a la condesa. La pobrecita hace tiempo
que estáarando la tierra por ver a Inés dentro o fuera de su
cárcel, y no puedeconseguirlo, pues a ella no la admiten allá, y
se pasan meses y mesessin que se les permita dar un paseo con
el ayo. Conque ve a decírselo ytú mismo la acompañarás a San
Felipe. No tardes, hijo, y en seguida acasa derechito que tengo
que hablarte. ¿Comerás hoy con nosotros?
Me despedí con gran precipitación de doña Flora, dejándola en
poder delos guacamayos, y me alejé de allí; pero en vez de
correr hacia la callede la Verónica, mi curiosidad, mi pasión y
un afán invencible meimpulsaron hacia la plaza de San Felipe,
olvidando a Amaranta y a doñaFlora, fija el alma y la vida toda
en las tres muchachas, en D. Paco, enlord Gray, en las Cortes,
en los diputados y en la discusión sobreseñoríos
jurisdiccionales.
Llegué, y en la pequeña plazoleta que hay a la entrada de la
iglesia,entonces convertida en Congreso, había, como de
costumbre, gran gentío.Extendí con avidez la vista por la
multitud de caras que allí seconfundían, y no vi ninguna de las
 
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