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Cádiz

hombres lafalta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen,
las riquezas lasavaloran y realzan más. Lord Gray viste
elegantemente; gasta conprofusión en su persona y en obsequiar
dignamente a sus amigos, y suesplendidez no es el derroche del
joven calavera y voluntarioso, sino lagala y generosidad del rico
de alta cuna, que emplea sabiamente sudinero en alegrar la
existencia de cuantos le rodean. Es galante sinafectación, y más
bien serio que jovial.
»¡Ay, pobrecito! ¿Lo comprendes ahora? ¿Llegarás a entender
que hay enel mundo alguien que puede ponerse en parangón con
el Sr. D. GabrielTres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo;
reflexiona bien quién eres tú. Unbuen muchacho y nada más.
Excelente corazón, despejo natural, y aquí pazy después gloria.
En punto a posición oficialito del ejército... bienganado, eso sí...
pero ¿qué vale eso? Figura... no mala; conversación,tolerable;
nacimiento humildísimo, aunque bien pudieras figurarlo comode
los más alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negaré; al
contrario,creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni
lucimiento.Literatura, escasa... cortesía, buena... Pero, hijo, a
pesar de tusméritos, que son muchos, dada tu pobreza y
humildad, ¿insistirás enhacerte indestronable, como se lo creyó
el buen D. Carlos IV que heredóla corona de su padre? No,
Gabriel; ten calma y resígnate.
El efecto que me causó la relación de mi antigua ama fue
terrible.Figúrense ustedes cómo me habría quedado yo, si
Amaranta hubiera cogidoel pico de Mulhacén, es decir, el monte
más alto de España... y me lohubiese echado encima.
Pues lo mismo, señores, lo mismo me quedé.
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