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Cádiz

—Hoy voy a beber mucho—me dijo el inglés—. Si Dios no
hubiese hecho aJerez, ¡cuán imperfecta sería su obra! ¿En qué
día lo hizo? Yo creo quedebió de ser en el sétimo, antes del
descanso, pues ¿cómo había dedescansar tranquilo si antes no
rematara su obra?
—Así debió de ser.
—No; me parece que fue en el célebre día, cuando dijo:
«Hágase la luz»;porque esto es luz, amigo mío, y quien dice la
luz, dice elentendimiento.
—Señó miloro—dijo Poenco acercándose a mi amigo para
hablarle conoficioso sigilo—; María de las Nieves está ya
loquita por vucencia. Sehizo todo, y ya tiene su pañolón, sus
zarcillos y su basquiña. Si no haynada que resista a ese jociquito
rubio; y como vucencia siga aquí, nosvamos a quedar sin
donceyas.
—Poenco—dijo lord Gray—déjame en paz con tus doncellas,
y lárgate deaquí, si no quieres que te rompa una botella en la
cara.
—Pues najencia, me voy. No se enfade mi niño. Yo soy
hombre discreto.Pero sabe vucencia que ofrecí dos duros a la tía
Higadillos que llevó elpañolón... cétera; cétera.
Lord Gray sacó dos duros y los tiró al suelo sin mirar al
tabernero,quien tomándolos, tuvo a bien dejarnos solos.
—Amigo—me dijo el inglés—ya no me queda nada por ver en
las negrasprofundidades del vicio. Todo lo que se ve allá abajo
es repugnante. Loúnico que vale algo es este vivífico licor, que
no engaña jamás, comoproceda de buenas cepas. Su generoso
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