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Cádiz

—Señores, no temblar—indicó Vejarruco.
—No se batirán—me dijo lord Gray—. Todos los días hacen
lo mismo ydespués no hay nada.
—No he traído el escarbador de dientes—dijo Lombrijón,
encontrándosesin armas.
—Pues ni yo tampoco—añadió Vejarruco.
—Camaraíya, por eso no ha de quedar. Usté está amarillo.
Señores,cuando eché mano al cinturón me relucieron las uñas, y
pensó que erajierro.
—¡Zorongo! Camará, usté ha escondido la lezna para que no
hayacompromiso.
—Tú te la habrás metío en el garguero.
—Yo no la traigo, por humaniá—repuso Vejarruco—porque
como tengo estamano tan pesá, se necesita mucha prudencia pa
no matar caa momento.
—Vaya, déjenlo para después—dijo Poenco—y a beber.
—Lo que hace por mí, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere
confesarantes que le endiñe...
—Lo que es por mí... cuando Lombrijón quiera el pasaporte
para lasecula culorum, se lo daré.
—Pelillos a la mar—dijo Poenco—; y pos que los dos han de
morir,mueran amigos.
—No hay por qué ofenderse, comparito. ¿Usté se ha ofendío?-
preguntóLombrijón a su antagonista.
—¡Cachirulo! Yo no, ¿y usté?
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