Not a member?     Existing members login below:

Cádiz

poder oírlo todo sin ser vistos, aunquetambién sin ver nada.
Sepulcral silencio reinó por breve tiempo en lapieza, y al fin
interrumpiole la condesa, diciendo con la mayorseveridad:
—¿Qué desorden es este? Inés, Asunción, Presentación... ese
altardestrozado, esos vestidos por el suelo... Niñas, ¿por qué
estáis tansofocadas, por qué tenéis tan encendido el rostro?...
Tembláis... Vamosa ver; Sr. D. Paco, ¿qué ha pasado aquí?...
¿Pero qué veo? Señor D.Paco, señor preceptor, ¿por qué tiene
usted destrozada la ropa?... ¡Puesy ese gran cardenal en el
carrillo...? ¿Ha estado usted quitandotelarañas con la peluca?
—Se... se... señora doña María de mi alma—dijo el ayo con
voz trémulay cierto hipo producido por su gran zozobra y la
lucha que diversossentimientos sostenían sin duda entonces en
su pobre alma—yo no puedocallar más... Mi conciencia no me
lo permite. Yo... hace cuarenta añosque co... co... como el pan
de esta casa... y no puedo...
No pudiendo seguir, prorrumpió en llanto copiosísimo.
—Pero ¿a qué vienen esos lloros?... ¿Qué han hecho las niñas?
—Señora—dijo al fin D. Paco entre sollozos, hipidos y
babeos—; me hanpegado, me han arrastrado, me han...
Asuncioncita se puso a imitar a lagente de los paseos.
Presentacioncita bailó el zorongo, el bran deInglaterra y la
zarabanda... Luego pasó por la calle un caballerito,miró adentro
y les arrojó este billete.
Hubo un momento de silencio, de esos silencios angustiosos
como el queprecede al cañonazo, después que se ha visto la
mecha próxima al cebo.Durante aquel intervalo de mudo terror,
que desde la escena donde taldrama pasaba se comunicó a
Remove