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Cádiz

en la mano. Levantoseal fin, y persiguiéndole las dos con risas y
festejo, trató una de ellasde darle un latigazo con una varita de
sacudir telas; mas lo hizo contan mala suerte que dando un
cachiporrazo al altar, toda la máquina desantos, velas y juguetes
se vino al suelo con estrépito. Mientras acudíaa remediar el
desperfecto, D. Paco estaba en tierra de rodillas, con losbrazos
en cruz y la mirada fija en el techo y con voz compungida
yentrecortada, mientras gruesos lagrimones lustraban sus
mejillas, decía:
—¡Señor Omnipotente y Misericordioso: que estas agonías
sean endescargo de mis pecados! Mucho padeciste en la cruz;
¿pero y esto,Señor, esto no es cruz, estos no son clavos?, ¿estas
no son espinas?,¿estos no son bofetones y hiel y vinagre?
Castigo es este del granpecado que cometí ocultando a mi
señora las travesuras de estas niñas, ylas mil picardías que han
aprendido sin que nadie se las enseñase; peropor la lanzada que
te dieron, Señor, juro que seré leal y fiel con miquerida ama, y
que no he de ocultarle ni tanto así de lo que pasa.
D. Diego y yo, que habíamos permanecido observando aquel
espectáculo sinser vistos, quisimos entrar; pero vimos que Inés
se apartó vivamente dela reja, y en el mismo instante pasó por la
calle una figura, unasombra, en quien reconocimos a lord Gray.
Apenas habíamos tenido tiempode reconocerle, cuando un
objeto, entrando por la reja, vino a caer enmedio de la sala. Al
punto se abalanzó hacia el pequeño bulto D. Paco,
yobservándolo y recogiéndolo, dijo:
—¿Una cartita, eh? La ha arrojado un hombre.
Inés, que se acercó de nuevo a la reja, exclamó con terror:
—¡Doña María, doña María viene ya!
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