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Gatsby
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Instaladas en la diligencia las señoras, volvimos a la casa
yestrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del
paralíticoJuan, reponiéndole en su asiento después de cada
apretón de manos.Echamos una última mirada en torno del
cuarto, y sobre el taburete dondeMagdalena se había sentado,
después de lo cual nos dirigimos al caminopara ocupar con
lentitud nuestros asientos en la diligencia que nosaguardaba.
El látigo chasqueó y nos pusimos en marcha, pero cuando
llegamos alcamino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que
los seis caballoscayeran sobre sus patas traseras y la diligencia
se paró bruscamente:allí, en una pequeña eminencia junto al
camino, estaba Magdalena,flotante el cabello, centelleantes los
ojos, ondeando el pañuelo yentreabiertos sus labios por un
último adiós. Nosotros, en contestación,agitamos nuestros
sombreros, las señoras no pudieron contener una últimamirada
de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una
nuevafascinación, azuzó locamente sus caballos, dando el coche
tan terriblesacudida que caímos todos sobre las banquetas.
Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una
sola palabra;la diligencia paró en el Hotel de la Paz. El juez,
tomando la delantera,nos acompañó hasta la sala común y
ocupamos gravemente nuestros puestosjunto a la mesa.
—¿Están llenas sus copas, señores?—dijo solemnemente el
juezquitándose su blanco sombrero.
—Sí, señor.
—Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga.
Y todos apuramos de un sorbo su contenido.
EL IDILIO DE RED-GULCH
 

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