Irguiose y permaneció de pie ante el viejo.
—No tema que me interponga entre su hijo y la herencia.
Parto hoy deeste lugar para jamás volver. El mundo es grande,
y, gracias a subondad, sé ahora ganarme la vida honradamente.
¡Adiós! ¿No quiere ustedaceptar mi mano?... Sea. ¡Adiós!
Y dio media vuelta para marcharse. Pero, cuando llegó a la
puerta,retrocedió de repente, y alzando entre ambas manos la
encanecida cabezadel anciano, la besó unas y más veces con
efusión.
Incorporose el anciano estremecido y corrió bamboleándose
débilmentehacia la puerta. Estaba abierta. Por ella llegaba el
tumulto de una granciudad que despierta, y entre este tumulto
las pisadas del hijo pródigoque se perdían a lo lejos, para
siempre.
El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera,
dandofrecuentes sacudidas. En su interior éramos siete personas
que nohabíamos despegado los labios desde que uno de aquellos
saltos vino adejar sin concluir la última cita poética del juez, mi
honorable vecino.El hombre alto sentado junto a éste, dormía
con el brazo pasado por lacolgante correa, y apoyada la cabeza
en ella, formaba como un objetofofo e indefinible, parecía que
