El mozo se apartó tímidamente. Sonó un latigazo y una
blasfemia, pateóel caballo y Jacobo caminaba ya a trote tendido.
Un momento después, a los ojos somnolientos del mozo no era
más que unamovediza nubecilla de polvo en el horizonte hacia
donde una estrella,separándose de sus hermanas, dejaba un
rastro luminoso.
Los moradores a orillas del camino de Wingdam, oyeron, al
amanecer, unavoz vibrante como la de la alondra, cantando por
la llanura. Los quedormían se revolvieron en sus toscos lechos
para soñar en la juventud,en el amor y en la vida. Campesinos
de tosca cara y ansiosos buscadoresde oro, ya en el trabajo,
cesaron en sus faenas y se apoyaron en suspicos para escuchar a
este romántico aventurero que, destacando a la luzde la rosada
aurora, cabalgaba al paso castellano.
En la población de Fiddletown se la consideraba por todo el
mundo comouna mujer bonita. Su buena figura, realzada por
una espléndida mata decabello castaño se caracterizaba por un
hermoso color y cierta gracialánguida que le prestaban un no sé
qué interesante y distinguido. Vestíasiempre con gusto y para
Fiddletown era la última moda. No tenía más quedos defectos:
uno de sus aterciopelados ojos, examinado de cerca, sedesviaba
