Emprendía ya el regreso con corazón triste, cuando un grito
lanzadodesde la orilla los detuvo; era una barca de socorro que
venía contracorriente. Dijeron que, unas dos millas más abajo,
habían recogido unhombre y una criatura medio exánimes.
Quizá algunos los conocería sipertenecían al campamento.
Una sola mirada les bastó para reconocer a León, tendido y
magulladocruelmente, pero teniendo todavía en los brazos a La
Suerte de CampoRodrigo.
Al inclinarse sobre la pareja extrañamente junta, vieron que la
criaturaestaba fría y sin pulso.
León abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Muerto?—repitió con voz apagada.
—Sí, buen hombre, y tú también te estás muriendo.
Y el rostro de León se iluminó con una suprema sonrisa.
—Muriéndome—repitió,—me lleva consigo. Conste,
muchachos, que mequedo con La Suerte.
Y aquella viril figura, asiendo al débil pequeñuelo, como el
que seahoga se aferra en una paja, desapareció en el tenebroso
río que corre aabocarse en la inmensidad del mar.
Jamás conocimos su nombre verdadero, y por cierto que el
ignorarlo nocausó nunca en nuestra sociedad el menor disgusto,
